OIA - Organización Internacional Agropecuaria | Servicio Internacional de Certificación
OIA - Organización Internacional Agropecuaria | Servicio Internacional de Certificación OIA - Organización Internacional Agropecuaria | Servicio Internacional de Certificación

04/01/2019

Producción orgánica, turismo rural, arraigo y familia en San Rafael, Mendoza.

Conoce en esta nota la historia de la bodega Familia Camargo.

En 1998, Carlos Camargo tenía 46 años y una familia integrada por su esposa, Beatriz Vázquez, y sus dos hijos, Leticia y Carlos. Trabajaba en la bodega Resero, como uno de los encargados de vincularse con los productores de uvas para comprar las materias primas en la zona de San Rafael (provincia de Mendoza). Todo cambió tras la decisión de la empresa Cartellone —que había comprado dicha bodega, pero no le interesaba producir en esa localidad— de cerrar la planta. Así, él y otros 400 trabajadores debieron buscar nuevas oportunidades y volver a empezar. Tras cuatro años en otra empresa vitícola, optó por dar un giro a su vida y la de su familia.

Finalmente, en ese año tomaron la decisión, acompañados de sus hijos, de dejar la vida en la ciudad e irse a vivir al campo. En esos días, Carlos dio detalles:  “pudimos constituirnos como grupo Cambio Rural, lo que nos ayudó a ver que debíamos sumar valor y que podíamos vender mejor nuestros productos si nos vinculábamos con el turismo que llegaba a la zona. Yo me había asociado con un enólogo, excompañero en Resero y de a poco empezamos a producir vinos con nuestras uvas”, recuerda.

En esa etapa, tenían vides en 4 hectáreas, que producían alrededor de 40.000 kilos de varietales. Elaboraban vino y la uva restante la entregaban a una bodega de la zona. “Mi mujer siempre creyó que teníamos que tener la producción orgánica, que debíamos ser amigables con el medio ambiente, e insistió en que certificáramos la finca”, explica Carlos. Rápidamente se acerca Beatriz y profundiza: “Yo siempre tuve esas ideas. Cuando era chica los pocos químicos que se usaban en la finca se mantenían muy alejados de nosotros y lo incorporé así. Además de eso, leí sobre los jardines de Findhorm en un libro que me hizo profundizar mis ganas de producir de manera saludable y orgánica. Asimismo, conocí a la señora Beatriz Gómez, hoy fallecida, con quien coincidíamos en esta mirada. Y en el año 2000 logramos que viniera la certificadora de productos orgánicos ‘Organización Internacional Agropecuaria’ (OIA) para conseguir la certificación de la finca. En el primer año, aprovechando un corral con guano de caballo que había en el predio, planté unos tomates que aboné con ese material, sin químicos. Vendí un montón y me hice conocer en la zona, sin quererlo, porque yo solo quería comer sano y vivir como lo había hecho mi familia”.

El matrimonio coincide en que la certificación fue un paso muy importante para el emprendimiento, pues aportó un gran valor agregado a los productos y los ayudó en la difusión a nivel nacional e internacional de la finca. “Somos de los productores más antiguos certificados en San Rafael”, añaden. En esa época ya estaban vinculados con Federación Agraria Argentina: también en el 2000 crearon la filial en dicha localidad y recibieron la visita de las autoridades nacionales de la entidad para la inauguración de la sede.

Con la pérdida del valor de la uva, fueron priorizando la producción de vino. Llegaron a producir 4000 litros por año (para lo que se necesitan 8.000 kg de uvas). “Hicimos una asociación estratégica con el enólogo: él ponía la técnica y yo la sabiduría de la viña. Trabajamos varios años juntos hasta que él pudo hacer su propio emprendimiento en 2007, por lo que cambiamos de técnico. Luego aprendimos a hacer espumantes”, explica él. “Siempre, además, plantábamos verduras para consumo de la familia. Teníamos además duraznos, ciruelas y damascos, que usábamos para comer y hacer conservas”, agrega Beatriz.

Para esta familia, la ayuda del Estado nacional —a través del INTA y de Cambio Rural— fue fundamental en sus inicios, para dar el primer empuje al emprendimiento. Con el tiempo fueron accediendo a créditos blandos de la provincia y de la nación, sin intereses o a tasas muy bajas, que les permitieron comprar tanques y maquinarias, es decir, mejorar en el aspecto tecnológico.

En el 2010, Carlos fue invitado a viajar a Italia a través del programa Fosel, implementado entre la provincia de Mendoza y la Organización Italiana de Cooperación. Los Camargo aún no eran olivicultores, pero sabían que el vino siempre se liga al aceto balsámico y al aceite. En su viaje se interiorizó acerca de las técnicas que se usan allá desde hace muchos años para producir aceite de primera calidad, “aprendí a meter la mano en la pasta, como dicen ellos”, recuerda él, risueño. Pero no solo eso. Volvió con los planos para construir las máquinas necesarias para producir el aceite, por lo que en 2011 pusieron en marcha la fábrica de aceite de oliva.

Agrega: “Además, me traje una visión más grande de lo que es el turismo rural. Desde que vivimos en la finca siempre se la hemos mostrado a los turistas. Hacemos visitas guiadas para turistas y colegios. Recorremos las viñas, la bodega, las elaboraciones de vinos y aceites, les mostramos cómo producimos de manera orgánica y sustentable. Y el viaje también me enseñó que los pequeños y medianos productores tenemos que encontrar maneras de vincular nuestras producciones con los turistas locales, nacionales e internacionales, mostrar cómo hacemos lo que hacemos, porque es algo que resulta atractivo y aporta un gran valor agregado a nuestros productos”.
En estos años, los Camargo tuvieron que ir actualizando la infraestructura de la finca de modo que cumpliese la normativa vigente para recibir a los turistas. “Tuvimos que gestionar habilitaciones en la Municipalidad, en el ente de Turismo y un seguro específico. Y lo fuimos logrando, lo que significa que un productor chico también puede, porque nuestra familia siempre pudo hacerlo”, cuenta. A la fecha, la finca produce aproximadamente 8.000 kg de uva por año, de los que se obtienen unas 6.000 botellas que hacen 4.500 litros de vino y venden a $100 la botella; también producen 2.000 litros de aceite de oliva que comercializan a $200 por litro.

“En estos casi veinte años hemos podido estar en familia, con una buena calidad de vida nosotros, nuestros hijos e hijos políticos y ahora nuestros cuatro nietos también: Zoe, Ignacio, Alejo y Emilia. Esperamos que el aporte de nuestra experiencia en el manejo de la huerta, la fábrica de aceite de oliva, la bodega y la atención a los turistas permita que ellos puedan seguir nuestros pasos, con la ventaja de tener el emprendimiento armado. Para nosotros lo más importante es haber logrado hacer coincidir este emprendimiento con nuestro proyecto de tener toda la familia unida, viviendo en la finca”, aseguran los Camargo cuando se les pide un balance de su experiencia.

Fuente: COPROFAM
Ver Galería Completa

Compartir: